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"El espacio público"

1900: la decada curva
Vituperado en sus comienzos, embestido luego por el Art Déco , ignorado durante las guerras y sus secuelas y defenestrado totalmente cuando el imperio futurista del Flower Power, el Art Nouveau ha vuelto a imponer sus razones a los anticuarios, convirtiéndose en una apetecible pieza de caza.

De 1890 a 1900 , la Belle Epoque sufrió lo que por entonces se consideró un ataque a traición: el Art Nouveau (Modern Style en Gran Bretaña y USA, Art Nouveau en Bélgica y Francia, Jugendstil en Alemania, Sezession en Austria y Liberty o Floreale en Italia).
Simbolista y excesivo, irrumpió para desordenar los conceptos de lo conocido.
No quedan dudas respecto de su impacto ayer y hoy: o divierte, o exaspera o seduce, pero nunca, nunca, resulta indiferente.
Inicialmente centrado en la pintura de los años ´80 , supo producir sus muestras más resonantes en la arquitectura y las artes decorativas.
Los mandamientos de la nueva tendencia exigían abandonar el ángulo recto y entregarse a las formas sinuosas y arabescas, usar y abusar de las molduras hasta desembocar en un preciosismo verdaderamente sorprendente y cautivador por su intrincada belleza.
Artificiosidad llegó a ser sinónimo de refinamiento, pero por sobre todo, de logro en la búsqueda de lo imposible.
Sus creadores detestaban tanto las reproducciones de dudoso pasado tan afines al fin del siglo (los estilos con pretensiones de Luis "Cualquier número") como los brillos del estilo Imperio. Sentían la obligación de romper con la tradición.
Creían en el arte utilitario y en sus ateliers se enfrascaron en diseñar objetos domésticos de gran valor artístico, convencidos del advenimiento de un mundo mejor para el cual había que plasmar una estética tangible.
El ejército de los inquietos
¿Era un número de talentos realmente significativo?
Como en toda avanzada estética, no, no lo eran. Apenas un puñado de artistas-artesanos, y en sus huestes militaban en igualdad de status arquitectos, decoradores, ebanistas, vidrieros, herreros, escultores, ceramistas, maestros del tapiz, pintores, y todo individuo con vocación de trasmutar lo establecido. En Francia resaltaron Plumet, Guimard, Majorelle, Gallé, Daum, Décorchemont, Lalique.
En cuanto a la arquitectura más propiamente, los arquitectos modernistas más interesantes fueron Sullivan ( increíblemente más próximo a Mies ... que a sus contemporáneos), el hoy celebrado Mackintosh (un multiproductor de cuanto objeto pudiese imaginarse).
En Inglaterra, Beardsley alcanzó popularidad (eran los tiempos esteticistas de Wilde y el mito oscuro de Dorian Grey). En Bruselas, la arquitectura dio su primer edificio modernista de la mano de Vìctor Horta, casa que se convirtió en reducto del grupo progresista "Les XX" - entre ellos el simbolista van de Velde -.
En Francia el cetro modernista se disputaba entre los popes de Nancy y los de un París cuyas estaciones del Metro despertaban soolientas entre orquídeas de hierro forjadas por el talentoso Guimard.
Barcelona, el centro más interesante si se quiere, dio al más original de todos los arquitectos, Gaudi, y encontró en sus camaradas, los arquitectos Domenech y Montaner, a furibundos enemigos de un neoclasicismo geométrico, incoloro y siempre sediento de superficies confiables. Ambos se pusieron a crear un nuevo concepto del espacio, dando rienda suelta a la composición exuberante que entremezclaba ladrillo , cerámica vidriada, madera y hierro ( llevado hasta sus límites).
Era gente curiosa, erudita y por sobre todo muy hábil. Gustaban de investigar largas horas buscando el equilibrio perfecto de una volúmen, el perfil filosófico y esencial de un objeto.
Bancos, bibliotecas, archivadores, armarios, camas, escritorios, sillas, pomos de puertas, saleros ... nada dejó de ser manufacturado por ellos.
No hicieron distingos entre artes mayores y menores y asumieron la completa construcción de un universo concreto y práctico, desde las rejas de exterior de una casa hasta los detalles de terminación de los interiores - prueba de ello son las valiosas pequeñas piezas que aún hoy encontramos en los mercados de pulgas -.
Podemos decir que , realmente, fueron la avanzada del diseño.
Esencia Natural
Flora y Fauna fueron la obsesión de los simbolistas .
No dudaron en escandalizar a sus críticos con dichos del tenor de "Mi jardin es mi biblioteca", cuando se les preguntaba por sus fuentes. Y en esa tesitura llegaron algunos a reproducir y aplicar sobre sus muebles insectos de metal de dudoso gusto.
La Naturaleza se impuso a tal modo en sus producciones que ya no buscaban construir una silla emulando una forma natural sino que pretendían descubrir lo orgánico subyacente en la estructura geométrica del mueble. Se trataba de descubrir en una simple silla una estructura viva "(...) de carne , hueso y músculos de animal revestidos de una función, la de ser silla".
El mueble-animal, simple y desnudo, debía revestirse con delicadeza, evidenciando todo aquello con lo que la Tierra lo había dotado: pelaje, plumas, tejidos y nervaduras, formas óseas y concavidades en su fase de maduración.
Esta creencia explica la profusión de anfibios, juncos e insectos que rebosaron los floreros y vasijas de ese período y cuya función secundaria era la de prolongar la ilusión de movimiento en un marco de cuidada asimetría.
El canto de las Sirenas
El cuerpo de la mujer también desveló a más de uno.
Personalidades rutilantes, críticos y colaboradores de las primeras publicaciones especializadas, resumieron el nuevo rol de las mujeres: "la mujer, desnuda o moldeada por vaporosos voiles adherentes, se extiende sobre las joyas, los muebles y la arquitectura. Por todos lados la mujer-flor, la mujer-liana, impone sus formas ondulantes" - apuntaban.
Sobre las lámparas o los jarrones se desperezaban voluptuosas Venus , musas y sirenas haciendo gala de eterna modorra.
El triunfo de la exasperación
Pero los tiempos de la tolerancia comenzaron a diluirse y los detractores del estilo se manifestaron en contra de esas líneas sinuosas, desenfrenadas, a menudo sobrecargadas de énfasis e incluso malsanas a las que los más mordaces habían bautizado como Estilo Raíz o Vermicelli.
Una clientela más sobria comienza a demandar un estilo más mesurado y unos materiales más exclusivos que contribuyan a diferenciarla de los demás sectores. Se desarrola entonces el Art Déco.
En 1904 el arquitecto Tony Selmershem se pronunció por un mobiliario menos barroco, más racional y esencialmente, caro. Y En 1913, Jourdain, por su parte, renegó enérgico de todo ornamento, concentrándose solamente en la forma y la función pues ya estaba focalizado en producir para las clases medias - imitando en su objetivo a la Belle Epoque y su anhelo de democratizar la riqueza colonial -. La década del '30 no hizo más que acentuar la tendencia en alza.
Un poco de justicia
A fin del siglo XX encontramos, sin embargo, que si bien las piezas mecánicas de ese período (relojes, cajas de música, etc.) no encuentran un comprador dispuesto dada su profusión enloquecida de detalles, sí concitan la atención de los anticuarios las producciones más sobrias. En esa línea, las piezas de vidriería, los grandes clásicos de Gallé o de Daum, las cerámicas de Décorchemont, las joyas de Lalique, que combinan muy bien con la sensibilidad actual que busca delicadeza y gracia, son objeto de búsqueda frenética . Para peor, la ausencia de patrones de reproducción de algunas de esas técnicas las tornan aún más valiosas.
Sin embargo las formas que hoy nos frecuentan despiertan un interrogante...
A la luz del biodesign que hace furor en las muestras mundiales de hoy...
A la sombra de las "novedosas" formas aéreas de las lámparas de Scarpa...
Observando la mórbida molicie de los sillones de diseño italiano...
¿No hay ninguna relación de familiaridad posible con nuestro viejo pariente, el Art Nouveau y sus fámulas perezosas?
Los memoriosos dicen que NADA NUEVO HAY BAJO EL SOL. Y tal vez, tengan razón.

Claudia Serra
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(*) Fuentes consultadas
1986, Salvat Editores, SA Barcelona V.18,pág.2568
1997, Art et Décoration N° 351,page 60/65


MACKINTOSH o La tragedia del que ríe último
Charles Rennie Mackintosh (1868-1928), nació en Escocia y desarrolló gran parte de su obra en su tierra natal, migrando a Londres a partir de 1813.
Arquitecto, decorador y diseñador, fue uno de los más notables precursores del racionalismo y principal referente del Modernismo en Gran Bretaña.
Integrante del grupo "The Four" - una asociación juvenil de estudiantes vanguardistas - se opuso a la tradición decimonónica buscando la estilización de las formas rectangulares a las que combinó con curvas. La terminación de sus piezas siguió sin embargo los parámetros modernistas en boga, basándose en la profusión de flores y etéreas sirenas.
Para 1894 su estilo estaba consolidado: sus construcciones se erguían abstractas, de fachada asimétrica y maciza con predominio de líneas rectas y mayor énfasis en el efecto visual que en el detalle de acabados. Tributario de esa visión, Josef Hoffman, de la Secesión Vienesa, le debe no pocos aciertos.
Tuvo la fortuna inicial de que sus primeros proyectos tuvieran concreción inmediata ( el edificio del diario The Glasgow Herald -1894 -, una sucesión de casas de campo y residencias particulares durante los primeros diez años del siglo, la residencia y la biblioteca de la Escuela de Artes de Glasgow - 1909 -, y sus recordados montantes rectilíneos del pabellón escocés de la Exposición de Turín - 1902 - ). Pero sin duda las extraordinarias ambientaciones de los salones de té de Miss Cranston, definen su mirada sorprendente y, Windyhill y Hill House - dos de sus obras domésticas - continúan generando discusiones debido a la compleja individualidad del proyecto.
Lamentablemente, su experiencia comprueba una vez más el penoso axioma que vincula a los genios y la incomprensión de sus contemporáneos. Sus últimos años estuvieron signados por la miseria, el olvido y la ausencia total de trabajos por encargo.
Después de un difícil período francés en donde sólo pudo vender sus acuarelas, volvió a Gran Bretaña en compañía de su fiel esposa y colaboradora, Margaret Mac Donald, país donde murió sin saber que 60 años más tarde el público deliraría por sus creaciones y puestas, y se armarían costosas e internacionales exposiciones itinerantes en las cuales alguien, intentando hacerse por un instante de su imaginación, se abocaría a reproducir los ambientes de ese futuro imperfecto en el que vivió Charles Mackintosh.

Claudia Serra
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(*) Fuentes consultadas:
1986, Salvat SA Barcelona
V.17, pág.2362
1997, Nuevo Estilo N° 234, Grupo Axel Springer


 
 
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